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Creando un estilo de liderazgo femenino

La tendencia inicial de las mujeres cuando llegaban a puestos directivos en ambientes masculinos, para adaptarse, ha sido adquirir el modelo de liderazgo masculino que ya existía en la empresa, adoptando conductas que en principio les resultaban ajenas. A menudo, el llegar a puestos de dirección en solitario comporta una serie de riesgos psicológicos, sociales y de comportamiento, según Sara Berbel. Las mujeres que han luchado mucho por llegar a un lugar predominante masculino tienden a justificar su posición y se sienten mejores o diferentes a las demás. Es un mecanismo de defensa psicológico de cómo han podido ellas llegar más allá que otras mujeres. Copian el estilo masculino donde están inmersas. Se alejan de las posturas feministas y argumentan “que si a ella le ha costado mucho trabajo pero lo ha logrado, que otra mujer “si vale”, que lo demuestre como lo ha hecho ella”. Entre los costos sociales muchas de estas mujeres acaban “en un lugar aparentemente de glamour, pero superficial que va acompañado de una gran soledad “.

Para paliar esta situación hay que tener confianza en las propias capacidades y habilidades, y “saber valorar la experiencia que se vive como mujeres, de lo que sucede alrededor”. Así , el trabajo en red con otras directivas es muy importante, como el compartir objetivos, la promoción mutua , y el tejer alianzas con otras mujeres permite romper ese aislamiento, permite generar dentro de la empresa una masa crítica importante para hacerse oír , consiguiendo una organización más plural y democrática e igualitaria, en entornos laborales masculinizados. Tal como señala Hellen Fisher «el gran reto de las mujeres es la seguridad, que no se consigue nunca mediante lo que no eres”.

Así, en la búsqueda de una forma de actuar diferentes como mujeres líderes, poniendo en juego sus capacidades y conocimientos tanto personales como profesionales -al contrario de lo que todo el mundo cree- hay que resaltar que ser líder no es algo innato, y no es una actitud exclusiva de la que solo disponen unas cuantas personas. Según las últimas teorías, la clave para ser un buen líder, no está relacionado con factores innatos, sino con competencias emocionales. Para Coleman, los auténticos líderes se distinguen por la capacidad de inspirar en otros energía, pasión y entusiasmo. No solo depende de conocimientos y habilidades técnicas sino de cualidades sociales y emocionales, y lo más importante, es que se pueden aprender. Con este tipo de liderazgo, las mujeres, se pueden identificar con facilidad, como consecuencia de haber sido socializadas de forma diferente.

Las directivas, suelen desarrollar un estilo de liderazgo más democrático, participativo y colaborativo, donde se valora más la distribución del poder que la acumulación, con una actitud más receptiva y comunicativa, más dialogante, donde se busca el consenso. La comunicación es fundamental, en todas las direcciones, tanto horizontal como vertical, desarrollando al máximo la capacidad de escuchar opiniones, problemas y sugerencias tanto profesionales como personales, y de motivar. Estas características casan con el estilo de liderazgo transformacional, que con más frecuencia utilizan las mujeres.

De esta manera se genera más cohesión en los equipos y más inteligencia emocional, que según Coleman no es la inteligencia académica, sino la que sirve para la vida práctica. Es reconocer las propias emociones, fortalezas, debilidades, tener autoconfianza, saber controlarse, adaptarse, motivarse, ser optimista, persuasivo, tener iniciativa, integridad, empatía, capacidad de trabajar en equipo. El liderazgo emocional se basa en valorar tanto al individuo como el logro de objetivos, respetando la dignidad individual, la integridad en las relaciones personales y la responsabilidad social con el entorno.

Las personas poseen un 10% de contenido racional y 90% de emocional. Ante esto, Kauffman señala que las mujeres ponen en su trabajo más la afectividad, muy valorado hoy en día, en un entorno de gran complejidad y donde todo cambia constantemente. Se puede decir que “sin afectividad no hay empatía, y sin empatía no hay liderazgo”. Y eso, lo saben muy bien las directivas.

Fuente consultada: Estrategias de liderazgo para mujeres directivas. Rosa Escapa Garrachón. Luz Martínez Ten.