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Cuándo ir a por ese nuevo proyecto

El ser humano toma decisiones constantemente, pero en este artículo no nos referiremos a las decisiones básicas y casi instintivas que nos supone la rutina diaria, sino más concretamente a aquellas decisiones que marcan el curso de nuestra vida, aquellas que decidimos “consultar con la almohada” en algunos casos y que en otros se toman a golpe de corazonada. Aquellas cuya trascendencia debe suponer un cambio importante que implique un riesgo, el cual, a medida que se eleva, hace más difícil el proceso decisivo, esos proyectos con los que de repente soñamos un día despiertos y llega un momento que se hacen tan presentes que no podemos quitarnos de la cabeza. Pero ¿Qué nos hace encontrar el mejor momento para tomar una decisión así?

Hay factores intrínsecos y extrínsecos de la persona que influyen para determinar cuál es el mejor momento de dar el salto. Son circunstancias que dependen del ámbito personal, económico, familiar y/o social en la que se encuentre, así como de la trayectoria que le haya acompañado a lo largo de su vida, generando la experiencia y el carácter que lo definan. Ante una situación concreta como es abandonar un puesto de trabajo que ha dejado de ser atractivo para nuestro desarrollo profesional y ha dejado de aportarnos aquello que buscamos para realizar un cambio hacia un proyecto nuevo, podemos encontrarnos con una persona joven de 25 años con una formación académica competitiva en el mercado, que además tiene una media de gastos al mes bajos que le permiten tener un soporte económico importante y que ha sido animado siempre por su familia a asumir nuevos retos y por el contrario un perfil de persona que roza los 50, que no ha continuado el reciclaje de su formación desde que dejó la universidad, con unos gastos familiares elevados y malas experiencias en anteriores tomas de decisiones. Es obvio que ante la misma causa ambos reaccionarán de manera distinta, pues comparten una situación común, pero tienen características diferentes y, lo que es más importante, el riesgo al que se enfrentan es diferente.

Cuando hablamos de riesgo, nos referimos a ese “¿Qué tengo que perder si…?”, esa frase genera la inseguridad que nos dificulta a veces tomar decisiones, y nos empuja a permanecer en el área de confort que nos proporciona lo conocido. Pero hemos de dejar a un lado las respuestas negativas que nos vienen a la mente cada vez que nos hacemos esa pregunta y comenzar por evaluar nuestras circunstancias con objetividad para determinar el tiempo y los recursos que necesitamos para  efectuar el cambio y que peldaños queremos ir saltando para ello, planteándonos por el contrario “¿Qué puedo ganar si…?”.

Escucharse a uno mismo, conocerse, reformular las ideas con optimismo, es fundamental para poder marcar los plazos y los recursos que se necesitan para saber cuándo es el momento y la manera más adecuada para dejar atrás eso que ha dejado de aportarnos y encaminarnos hacia un nuevo reto que nos acerque a lo que buscamos, que sin darnos cuenta empezamos a encontrar desde el momento en el que decidimos darle cordura y forma  a aquello con lo que un día comenzamos a soñar despiertos.

Fuente de la imagen:

Web Trabajos.com